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Año 14 Nº 4, septiembre de 2001 |
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La droga y sus propiedades clínicas
Recetas de cocaína
por Jorge Martins
psicólogo
Luego de que Freud experimentara con ella, un oftalmólogo la aplicó por primera vez como anestésico local del ojo. Recorrido histórico de una sustancia polémica.
Aunque parezca improbable, la cocaína, el padre del psicoanálisis y la oftalmología están estrechamente vinculados, ya que el descubrimiento de las propiedades de la droga como anestésico local ocular en 1884 determinó una nueva etapa en la medicina de ese tiempo1.
El hallazgo lo hizo el oftalmólogo Karl Koller y revolucionó la cirugía ocular. Pero el antecedente lo marcó su amigo Sigmund Freud al escribir un ensayo sobre la cocaína, Über Coca, en junio de 1884. En el mismo realizó una extensa reseña histórica sobre el origen de la sustancia y el uso que hacían de ella los indios sudamericanos. Aparte de sus funciones euforizantes y energéticas, descubrió otras propiedades de las hojas de coca, como la anestesia y la vasoconstricción. "Es probable que en un futuro próximo se desarrollen algunos otros usos de la cocaína, basados en esa propiedad anestésica", exponía. Probablemente Freud sospechaba su aplicación oftalmológica, aunque fue Koller quien tomó la iniciativa. |
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Cocaína en el cuerpo
En esa época Freud empezó a consumir cocaína regularmente —aunque nunca llegó a ser un adicto— y la ofrecía a sus amigos, colegas, hermanos y hasta a su novia. Al decir de su biógrafo oficial, Ernest Jones, "se había convertido en una verdadera amenaza pública"2. Es interesante rescatar un pasaje de una carta a su prometida Marta Bernays, escrita en junio de 1884, cuando se enteró de que tenía mal aspecto y estaba muy delgada, donde aparte de relatarle sus ansias de verla le escribe: "hay de ti mi princesa cuando yo llegue, te besaré hasta ponerte colorada y te voy a alimentar hasta que te pongas bien gordita, y verás quién es más fuerte, si una gentil niña que no come bastante o un salvaje hombrón que tiene cocaína en el cuerpo". |

Freud con su esposa Martha Bernays en 1886
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Más adelante, al tomar noticia de los efectos tóxicos de la droga y de perder a su mejor amigo por las complicaciones de una adicción a la cocaína, se retractaría de la publicidad que había realizado a la "mágica sustancia" y tendría que aceptar que el uso hallado por Koller sería su única aplicación valiosa.
Freud y Koller eran dos jóvenes médicos de 28 y 26 años respectivamente y se desempeñaban en el Hospital General de Viena. Los dos tenían algo en común aparte de la juventud: las ansias de fama y renombre para lograr una posición económica holgada y poder cumplir sus deseos más imperiosos: para Freud, casarse con Martha y para Koller ser nombrado jefe del servicio de oftalmología del hospital3. Freud ya sospechaba la posible aplicación de la cocaína como anestésico cutáneo y de las mucosas, pero no tuvo tiempo de seguir experimentando. El apasionado romance con su novia acaparaba toda su atención y antes de partir a su encuentro, en Hamburgo, encomendó a su amigo, el oftalmólogo y profesor Leopold Köningstein, que investigara las propiedades de la coca como anestésico ocular, ya que suponía que serviría para aliviar el dolor que provocaban el tracoma y la iritis.
Köningstein realizó algunos experimentos, pero se equivocó al diluir la cocaína con alcohol, que en vez de anestesiar producía dolor. Luego de varios intentos fallidos, marchó también de vacaciones.
Mientras tanto, Koller —deseoso de alcanzar la fama en esa época tan fértil de descubrimientos científicos— comenzó a experimentar con la cocaína. Ya había leído la obra de Freud y estaba seguro de que serviría para anestesiar el ojo.
Practicó varios experimentos, primero con una rana: "Cuando el ojo tratado con la droga era arañado o pinchado ella nos contemplaba con calma, pero respondía con agitación ante el menor toque en el otro ojo"4. Luego continuó experimentando con conejos y perros y finalmente con algunos amigos y con él mismo. Así fue como se sorprendió al comprobar que el ojo quedaba totalmente anestesiado aplicando una solución de cocaína disuelta en agua. Las operaciones de catarata y las iridectomías se podrían realizar más fácilmente y sin dolor. Consciente del gran descubrimiento que había realizado, se apresuró a escribir un trabajo para el Congreso Oftalmológico que se realizaría en la ciudad alemana de Heidelberg en septiembre de 1884. El trabajo fue leído en el citado evento por el doctor Brettauer, ya que Koller no tenía dinero suficiente para pagarse el viaje. Causó sensación.
En el mismo año, Herman Knapp, destacado oftalmólogo norteamericano, publicó la traducción del trabajo de Koller en la revista Archives of Ophthalmology y comenzó su difusión por toda América. La noticia llegó pronto a Buenos Aires (ver recuadro), donde la droga fue aparentemente adoptada de inmediato5. |
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Cuando Freud y Köningstein regresaron de sus largas vacaciones, se encontraron con que Koller había hecho el genial descubrimiento. Freud reprocharía luego a su esposa Marta el haberlo distraído, lo que produjo que su compañero Koller se llevara los laureles y pasara a la historia de la medicina. "Alguna vez escribí un ensayo sobre la planta de la coca que puso a Karl Koller en la pista de la propiedad anestésica de la cocaína. Yo mismo había indicado en mi publicación ese empleo del alcaloide, pero no fui lo bastante cuidadoso como para seguir estudiando la cuestión", plantea Freud en Sueño de la monografía botánica (La interpretación de los sueños). Por su parte, Köningstein no reconoció nunca la prioridad de Koller —que era su subordinado— en el descubrimiento y se embarcó en una interminable disputa con su colega.
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Cocaína en Buenos Aires
Los registros más antiguos del uso medicinal de la cocaína en la Argentina datan de 1885, es decir, a sólo un año del descubrimiento de Koller. Y el antecedente pudo ser recogido por una casualidad: el paciente reclamó por lo que le habían cobrado. El relato que aparece en el diario La Nación el 6 de marzo de ese año dice que "el señor Jorge Williams se hizo preparar la siguiente receta del Dr. Antonio F. Piñero a un costo de $18: clorhidrato de cocaína 60 centígramos, agua 40 gramos. El señor Williams se presentó a las autoridades por considerar excesivo el costo". El rescate de esta anécdota circunstancial permite suponer que la cocaína fue recetada como anestésico de uso tópico, pues para tal fin se indica entre 1 y 10%. Sólo queda la incógnita de si se utilizó en anestesia ocular o en otro tipo de cirugía. |
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Hitos
En 1885, el destino quiso que se encontraran nuevamente los tres protagonistas. El padre de Freud le comunicó a su hijo que tenía problemas con la visión de uno de sus ojos. Freud lo hizo examinar por Koller, quien le diagnosticó un glaucoma.
Sigmund pidió ayuda a su amigo Köningstein para realizar la cirugía y Koller fue el encargado de realizar la anestesia con cocaína. La operación fue todo un éxito y en ese momento Koller dijo: "aquí estamos reunidas las tres personas que tuvieron que ver con el descubrimiento de la cocaína como anestésico ocular". |
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El descubrimiento marcó un hito dentro de la cirugía. Pese a que ya no se usa en oftalmología por su toxicidad corneal, aún se sigue aplicando en determinadas cirugías otorrinolaringológicas por la combinación de sus características de anestésico y vasoconstrictor6. Sin embargo, por su poderosa condición adictiva, su acción destructora y su asociación con determinados sectores sociales, la droga ocupó otro protagonismo que desplazó por completo a su propiedad médica y fue condenada a la marginalidad absoluta. |

Karl Koller en su casa en 1884
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Freud, por su parte, quedó muy desilusionado por no haber tenido la prioridad en la introducción de su aplicación como anestésico, lo que hizo postergar una vez más el ansiado casamiento con Marta. No sabía que el destino le tenía reservado un lugar destacado como padre del psicoanálisis, terapia que marcaría con su impronta todo el desarrollo de la psiquiatría y de la psicología del siglo XX.
Referencias
1) Goldberg, Morton. Cocaine: the first local anesthetic and the "third scourge of humanity". Arch. Ophthalmol. 102 (1984): 1443-1447.
2) Jones, Ernest. Freud. Barcelona: Salvat, 1985.
3) Fink, Raymond. Leaves and needles: the introduction of surgical local anesthesia. Anesthesiology 63 (1985): 77-83.
4) Rodrigué, Emilio. Sigmund Freud: el siglo del psicoanálisis. Buenos Aires: Sudamericana, 1996.
5) Catterberg, José. Uso del clorhidrato de cocaína en Buenos Aires en el año 1885. Rev. Arg. Anestesiol, 44 (1986): 159.
6) Fleming, Julia; Byck, Robert; Barash, Paul. Pharmacology and therapeutic applications of cocaine. Anesthesiology, 73 (1990): 518-531. |
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MO Médico Oftalmólogo Año 14, Nº 4, septiembre de 2001
ISSN 1515-4785
© Consejo Argentino de Oftalmología
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La cocaína en la sociedad
Por Christian Boyanovsky
periodista
El principio activo de la coca fue descubierto en 1860, a 54 años del hallazgo de la morfina y veintitrés antes de la heroína. A pesar de que tuvo algunos objetivos "clínicos" la cocaína no pudo esquivar su connotación social, manifiesta desde sus primeras aplicaciones. Era un fármaco indicado para tratar las adicciones a la morfina y se la recomendaba para combatir el alcoholismo, según uno de sus productores, E. Merck, quien aseguró que "permitiría prescindir de los asilos para alcohólicos".
Más allá de estos usos, la cocaína se vio envuelta desde su aparición en un contexto de excitación y euforia que sería el origen de su degradación. El polémico sociólogo español Antonio Escohotado enuncia en Las drogas, de los orígenes a la prohibición1 que la propaganda del fármaco fue aun "más intensa que la morfina y la heroína, pues pasa por ‘alimento para los nervios’ y ‘forma inofensiva de curar la tristeza’".
El joven Sigmund Freud experimentó con "este cristal de sabor amargo" y sus resultados estuvieron a tono con las promociones de la época: "El efecto consiste en alegría y euforia constantes. La persona que toma cocaína se siente segura de sí misma, vigorosa y activa. (...) Son los efectos más maravillosos de la coca. Es posible, habiéndola ingerido, llevar a cabo los más prolongados, persistentes e intensos trabajos mentales o musculares sin sentir fatiga", expuso en su escrito Über Coca.
Aparecida en los comienzos de la era industrial, en que la competitividad y la presión se jugaban sin tregua en nombre del progreso y cuando la proletarización de las masas campesinas provocaba el hacinamiento en suburbios miserables de las grandes ciudades, la cocaína comenzó a ser "responsable" de perversiones y desviaciones de conducta. En los Estados Unidos, por ejemplo, se acusó a la población negra de ataques sexuales a mujeres blancas bajo el influjo de la droga. Fue en ese país donde se inició una campaña moral contra las drogas encabezada por el reverendo W. Craft, el obispo Ch. H. Brent y H. Wright, un joven político que atacó como nadie al opio y a la cocaína, cuando su alcoholismo le permitía estar en pie. La cruzada culminó en 1914, tres días antes de la Primera Guerra Mundial, cuando el Convenio de La Haya resolvió "controlar la preparación y distribución de opio, morfina y cocaína" en todas las naciones.
Desde ese momento hasta la actualidad, la cocaína integra la lista negra de los corruptores sociales. Se la encasilla como droga "dura", en función del daño que puede ocasionar, incrementado éste por su poder adictivo y porque quienes la comercializan la fraccionan con anfetaminas —para aumentar el rédito—, mucho más estimulante y adictiva.
En sus comienzos llegó a los países de habla hispana en cajas que llevaban el rótulo "Merck", uno de los laboratorios que la comercializaba —el otro era Parke Davis—. Por asociación a ese nombre, el vulgo la empezó a llamar "merca".
Referencia
1 Escohotado, Antonio. Las drogas: de los orígenes a la prohibición. Madrid: Alianza, 1994.
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Historia de la farmacopea
Panaceas, pociones mágicas, elixires y promesas incumplidas .
por Omar López Mato
médico oftalmólogo
Desde que las enfermedades existen, el hombre ha recurrido a todo tipo de artilugios para evitar el sufrimiento. En muchos casos, sólo fueron expresiones de la charlatanería y la ignorancia.
La procura de una droga milagrosa que alivie o cure nuestros males es tan vieja como la misma enfermedad.
A la búsqueda de este objetivo se suma la buena —o aviesa— intención del promotor y el comprensible deseo de curarse de la víctima. Deseo tan profundo que muchas veces suple la necesidad terapéutica en el autoengaño del placebo (del latín, yo complaceré).
El deseo de curarse y la intención de curar son ingredientes que nunca faltan en las fórmulas, aunque jamás estén escritos. Sobre el primero no hay dudas de su intencionalidad; en cuanto al segundo, no siempre es guiado por principios altruistas, sobre todo cuando a esa intención se adosan varios ceros a la derecha del primer dígito, y que mejor será cuanto más se acerque a diez.
Cuando Colón llegó a estas costas traía en su farmacopea productos tan exóticos como polvos de cuerno de unicornio, leche de sirenas y extractos de excrementos de paloma —que debía revestir algunas características singulares como faltarle una pata o haber sido cazada en plenilunio—. Productos, como se ve, exóticos, pero de probablemente escaso efecto farmacológico, y digo probablemente porque, a mi saber, nadie hizo un estudio a doble ciego con leche de sirena. Pero la elección era eso o la cirugía (realizada sin anestesia ni asepsia), o entregarse a la divina caridad del Señor. De allí que la ciega fe del enfermo lo llevase a aceptar cualquier brebaje, por inmundo que fuese, con tal de escapar de las otras posibilidades.
Desilusiones
Sin controles científicos o gubernamentales y guiados por tradiciones u observaciones poco constatables, se desarrolló una actividad generalmente casera, pero que llegó a tener visos de industria desde 1870 en adelante. Así surgió una farmacopea de entrecasa, siempre atenta a un origen exótico y/o primitivo. La medicina de los aborígenes fue la fuente de inspiración —o de plagio— para alimentar estas ansias de curación.
La tinta china, para el herpes o culebrilla y la "tirada de pellejo" para el empacho o indigestión son recursos que se trasmiten de boca en boca. Pero algunos fueron más allá, envasando sus propuestas, como el poeta Antonio Lamberti, que además de dejarnos el Yo no se porque se nace, promocionó su Infusión argentina, infalible remedio contra la calvicie, que nuestras alicaídas cabelleras lamentablemente desmintieron.
La falta de legislación permitía las promesas más espectaculares, creando falsas expectativas que daban lugar a desilusiones... o no, porque muchos mejoraban gracias al bendito efecto placebo, que según algunos viejos clínicos es el responsable de hasta la tercera parte de nuestras "curaciones".
Así, durante los últimos años del siglo XIX, se diseminaron entre la población una serie de pócimas, elixires y compuestos vegetales sin especificación de ingredientes, efectos colaterales, dosis máxima, vida media de la droga o antídotos.
A diferencia de los Estados Unidos donde el fenómeno del curandero itinerante tuvo mayor difusión, los autóctonos tenían características sesiles; habitaban míseros ranchos poblados de velas y estampitas. No hay western que no recree a estos charlatanes prometiendo curas milagrosas con sus tónicos —generalmente de alto contenido alcohólico— por cuya extensión de los efectos terapéuticos revestían características de verdaderas panaceas.
Herencia
Thomas Dyott, un lustrabotas de Filadelfia, desarrolló toda una línea de remedios familiares, el más famoso de los cuales era "el elixir del Dr. Robertson que destruye los gusanos", medicamento atribuido al genio de su supuesto abuelo, el Dr. Robertson, graduado en Edimburgo. El negocio no debe haber sido nada malo porque nuestro lustrabotas compró en 1820 una fábrica de frascos de vidrio para envasar sus lociones, que ya le redituaban unos 25 mil dólares al año.
La señora Lidia Estes era una dama sureña temerosa de Dios, quáckera y feminista, que se especializó en aliviar a sus compañeras de sexo de los males del mismo. Así surgió el "Lydia E. Pinkham compuesto vegetal" (muy feminista pero usaba el nombre del marido). Su imagen de severa dama puritana ilustraba las pócimas, imprimiendo un aire maternal, en gran parte, responsable de los posibles efectos benéficos del menjunje.
Las explicaciones impresas en el frasco no tienen desperdicio: "Compuesto vegetal. Cura positiva de todas las quejas dolorosas y debilidades tan comunes de ver entre las mujeres del mundo. Cura eternamente las peores molestias femeninas, problemas de ovario, inflamaciones y ulceraciones, caídas y desplazamientos, también la debilidad espinal y se adapta particularmente a los cambios de vida... Remueve el decaimiento, la flatulencia y la debilidad estomacal. Cura el embotamiento, la cefalea, la neurastenia, el insomnio, la depresión y la indigestión..." Después de aclarar su efectividad para disolver tumores benignos "caso contrario deben considerarse cáncer", finalizaba exponiendo que la poción actuaba en armonía con ¡las leyes que gobiernan el sistema femenino!
No, no salga corriendo a comprarlo. No se vende más desde 1940. Pero durante 60 años se difundió por 26 países reportando a la Sra. Pinkham y familia 300.000 dólares anuales. Se ve que en ese entonces no existía la celulitis, porque seguro que garantizaba su desaparición...
Estrategias
La palabra indio parecía imprimir cierta seguridad en cuanto a la medicina (no así en el plano civil donde imperaba el concepto del general Sheridan: "El único indio bueno es el indio muerto"). Surgió todo un arsenal terapéutico para las afecciones más disímiles, que invariablemente ilustraban sus etiquetas con la imagen del hechicero al que se atribuía su elaboración.
Pero estos productos no hubiesen tenido la diseminación y popularidad que gozaron sin la presencia de los promotores itinerantes —autotitulados "doc"— que montaban un espectáculo con todos los accesorios, música, discursos, promociones dos por uno y la infaltable "curación milagrosa" que en vivo y en directo contaba su lacrimógena historia para conmover a los asistentes. Marketing, le dicen.
Quizás el más famoso de estos vendedores de ilusiones fue William Avery Rockefeller —sí, el padre de John David Rockefeller, fundador de la legendaria petrolera Standard Oil—. El "doc" Bill, especializado en curar el cáncer, vendía por la astronómica suma de 25 dólares su loción a base de —créase o no— petróleo.
No es difícil de entender por qué ahora cada medicamento que se vende en los Estados Unidos debe soportar la minuciosa inspección de la Food and Drug Administration (FDA), que se toma años antes de aprobar un producto.
Pero no todo fue fraude y decepción, quizás usted esté leyendo este artículo saboreando una gaseosa, que nació en una farmacia de Atlanta como un tónico estimulante, beneficioso para la digestión, que cada día refresca mejor.
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